La Clave del Apocalipsis

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1. Cómo Jesús revela el enigma

El 13 de mayo de 1970, Jesús me apareció en Beirut (el Líbano) para revelarme la identidad de la Bestia. Pero antes de esta visión - largos años durante, muchas visiones me habían preparado a esta revelación conmovedora. He aquí las más importantes:

  1. Jesús me apareció en 1968 para pedirme:
    «Yo tengo que revelarte un secreto que te atraerá mucho enemigos: ¿Acepta tu por mi,?» Respondí espontáneamente: «Si». Él me abrazó con calor luego desapareció.
  2. Algunos meses más tarde, El me apareció de nuevo añadió:
    «Pero primero, quiero saber si eres fanatico». En el momento, yo no sabia que responder. Por fin, balbuceé: «Si ser fanático es creer, a ciegas, en ti, este no es el caso. Sé porqué creo en ti. Es con conocimiento de razon que yo te sigo». Fijó en mi, no respondió, luego desapareció.

    No obstante, años más tarde, yo comprendí que Jesús se refería muy especialmente al fanatismo de los Cristianos respeto al Islam y los Musulmanes.

  3. Algunos meses más tarde, Jesús me dijo:
    «Muchos de los que hacen la señal de la cruz sobre la cara rechazarán mis profecías bíblicas. Pretenden creer a la Biblia, pero no la tienen en cuenta. Y tu, harás caer las mascaras». Yo no comprendí nada en ese momento, de lo que Jesús quería decir.
  4. El 28 de abril de 1969, el Señor me dijo:
    «Dígales: El que dirá Santo, Santo, Santo es el Señor, el Dios Todopoderoso, bendito el que viene en nombre del Señor, verá en su alma el que le revelará la verdad» (véase Isaías 6,3 y Mateo 21,9).
  5. El 4 de mayo de 1969, estaba en el convento Santo Salvador cerca de Sidón, al Sur del Líbano. Tuve entonces la siguiente visión durante la siesta: La Biblia estaba abierta al capítulo 10 del Apocalipsis, el versículo siguiente destacándose claramente en lengua francesa:
    «Tienes que profetizar OTRA VEZ contra muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes.» (Apocalipsis 10,11)

    Las palabras «OTRA VEZ» aparecieron en letras mayúsculas y centellaban rítmicamente con las pulsaciones de mi corazón como si estaba vinculado a ellas. Luego un brazo derecho de luz pareció, potente, señalando del índice sobre mi pecho, y con una voz muy potente me dijo en árabe: «¡Esta misión se te confía a ti!». En ese momento, yo oía el teléfono sonar. La Voz me decía: «Este teléfono es para ti. Se te piden de Beirut. Que sea una señal que son yo quien te hablo». No me levanté para responder. Siendo huésped en este convento, correspondía a algún monje responder. Y el teléfono siguió sonando durante mucho tiempo.

    Yo ignoraba todo del Apocalipsis, le había leído dos veces, desde hace tiempo, sin comprender nada. Yo no había retenido nada de su contenido y él no me atraía. Pertenecía a otros sabios explicarlo. Me bastaba de los libros del Antiguo Testamento, de las profecías mesiánicas, de los Evangelios y de las palabras claras de Jesús que se encuentran allí. Como la mayoría de la gente, incluso entre los sacerdotes, yo no me sentía atraído hacia el Apocalipsis debido a los misteriosos símbolos que se encuentran allí y que desalientan la mayoría de los lectores.

    Sin embargo, esta visión me conmovió. Yo abrí la Biblia inmediatamente al capítulo 10 del Apocalipsis. Me moví profundamente encontrando este versículo al mismo lugar que yo acababa de ver en visión, a diferencia, las palabras «otra vez» no estaban en mayúsculas. Sólo sabía pensar: «es el Diablo, quizá que quiere hacerme creer que soy alguien importante», me dije. Yo tuve miedo y me dirigí a la Virgen: «Eres mi Madre; aclárame». Y me precipité hacia el jardín para rezar el rosario. Cruzando el pórtico hacia el jardín, el portero me interrumpió: «¿Padre, donde estaba? ¿Por qué no respondió al teléfono? Fue alguien que le pedía de Beirut». Pasmado por esta interpelación, le expliqué que un monje debía responder, no yo. Esta intervención del portero aumentó aún mi perplejidad. Esto fue aún otra Señal evidente de una intervención celestial.

    En esta época, no comprendía porqué era necesario «profetizar otra vez contra…». Esta visión fue mi primer contacto profundo con este pequeño Libro. Me dejó con todo conmovido y decidido a ignorarlo.

  6. El 19 de abril de 1970, Jesús me pidió:
    «¿Por qué he enviado a Marie, nuestra Madre, aparecer en Fátima y no en otra parte? Si tienes la sabiduría, respóndeme».

    Desconcertado, no sabía responder. Después de un momento de reflexión, reconocí tímidamente: «No sé».

    Entonces Jesús reanudó amablemente: «Reflexiona más». Viéndome pensando a la búsqueda de una respuesta, me dijo sonriendo: «Para bautizarla».

    «¡Bautizar a Fátima! ¿Es el nombre de la hija del Profeta Mahoma? ¿Sería la conversión de los musulmanes?» pensaba yo.

    «Fátima» es un pueblo de Portugal donde la Virgen bendecida apareció en 1917, para dar un mensaje importante que sigue siendo secreto hasta ahora. Este «Secreto de Fátima», no revelado por los Papas, y el secreto del Apocalipsis son el mismo. En verano 2000, el Papa Juan Pablo II pretendía revelar su contenido, pero lo que fue «revelado» no fue obviamente convincente para los clarividentes.

    El nombre de este pueblo viene de «Fátima», la hija de un príncipe musulmán, quien se había hecho bautizar en Portugal al siglo XII, durante la «Reconquista» cristiana de Portugal y de España. Muerta poco después de su matrimonio, su marido cristiano, el príncipe Gonzalo Herminguès, dio su nombre a este pueblo donde la Virgen eligió aparecer. Este pueblo, es pues, el símbolo de un bautismo importante. Fátima es también el nombre de la hija del Profeta Mahoma. Especialmente es venerada por los Chiítas que la consideran como la «Madre de los Musulmanes Chiítas». Fátima representa pues a los musulmanes, en particular a los Chiítas, caros a Dios debido a su lucha legítima contra la Bestia del Apocalipsis. Por esta lucha se opera el bautismo de Fátima, símbolo de los musulmanes. Nuestra Madre, Maria, apareció en Fátima para que el mundo entero comprenda que el empeño musulmán contra la Bestia es bendecido por el Cielo. Los Cristianos, ellos mismos, deben pasar por este bautismo para ser salvados.

    En consecuencia, la Virgen me apareció para decirme: «Miqueas hijo, me los trae por el Corán». Esto me incitó, bien más tarde, a escribir mi libro: «La Mirada de fe sobre el Corán».

  7. El 12 de mayo de 1970, Jesús me apareció a la puerta del balcón de mi habitación en Beirut. Estaba en la cama. Fijaba una mirada enfurecido, el pecho inflado, la cabeza alta, hacia el Sur del Líbano y dijo en árabe: «¡No callaré tus abominaciones, o Israel!»
  8. El 13 de mayo de 1970, Jesús me reveló por fin el secreto anunciado de la siguiente manera: despertándome a la madrugada, lo vi como un hombre de Luz tallado en mármol blanco radiante, estando a la cabecera de mi cama. Una paz profunda, una seguridad y una potencia invencibles emanaban de él.

    Me dijo, hablando a través mi al mundo entero: «hoy es el 13 de mayo, día de la aparición de Nuestra Madre a Fátima (en 1917). Abre el capítulo 13 del Apocalipsis: ¡la Bestia es Israel!».

    Desapareció inmediatamente después de haberme confiado la clave de los misterios apocalípticos. Estaba completamente solo, y me sentía completamente solo frente a esta revelación conmovedora; …ya que yo era pro israelí!

    «¿La Bestia es Israel»?!… Miqueas Dios, qué Palabra!

    Mientras Jesús hablaba, un rumor infernal intentaba parasitar el Mensaje que se infiltraba, sin embargo, como un murmullo a mis orejas. No obstante, esta intervención satánica se detuvo de repente, y yo oí claramente las palabras: «Abre el capítulo 13 del Apocalipsis: La Bestia es Israel». Esta visión no duró más de unos minutos apenas, pero trastornó toda mi vida… como antes la de Pablo sobre la carretera hacia Damasco (Hechos 9).

Tras la visión, me levanté aturrullado y abrí la Biblia al capítulo 13 del Apocalipsis. Esperaba no encontrar allí ninguna Bestia, por la simpatía que tenia para Israel; yo lo consideraba salvador de los Cristianos contra los Musulmanes.
Me choqué de encontrar efectivamente «una Bestia de siete cabezas y diez cuernos». La Bestia recibió un «poder inmenso… alcanzaba curar una herida mortal, entonces la Tierra entera siguió maravillada a la Bestia» (Apocalipsis 13,3), juzgando que nadie podía medirse a ella: «¿Quién es como la Bestia, y quien puede luchar contra ella?» (Apocalipsis 13,4). Sólo los elegidos de Dios la combatirán «los nombres de quien están escritos en el Libro de vida del Cordero degollado (Jesús)» (Apocalipsis 13,8). Vi bien que Israel posee este poder inmenso, que la «herida mortal» en cuestión se aplicaba a la destrucción de Jerusalén en el año 70 después J. - C. y, obviamente, al crimen de Hitler. La gran mayoría de los hombres -y yo formaba parte de ellos- se seducen efectivamente por Israel, considerando que nadie puede atacar a este Estado. Sólo los niños de Fátima le resisten.

Mas lejos, en el mismo capítulo, yo he leído que había allí una «otra Bestia… al servicio de la primera Bestia, establece por todas partes su imperio, llevando la tierra y a sus habitantes a adorar la primera Bestia cuya herida mortal se curó… y nadie podrá comprar nada ni vender si no se señala en el nombre de la Bestia» (Apocalipsis 13,11-17). Sabiendo que la primera Bestia es Israel, la segunda Bestia que la sostiene no puede ser sino los EEUU que protege y arma a Israel. Yo comprendí aún quien son estos «enemigos quienes yo me atraeré» y quien son los «muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes contra quienes necesitaba profetizar otra vez», puesto que el testimonio contra Israel no se hace ya hoy día como los Profetas y Jesús lo hacían antes (véase por ejemplo Isaías 1,2-4 / Jeremías 2,26-37 / Miqueas 3,9-12 / Mateo 23,33-37 / Juan 8,44).

Delante de estos detalles, me quede estupefacto; sentía la realidad del mensaje y su importancia. El miedo me amenazó. ¿Pero por qué soy yo quien recibe todo eso? ¡Soy impotente ante tales enemigos! Tras esta visión y esta lectura, me sentía tal como aislado en un mundo de silencio. Una impresión de gravedad se abatió sobre mí. Yo probé la necesidad de orar, mucho y profundamente.

Una guerra de pensamientos se desarrolló entonces en mí: «Soy un sacerdote y, como tal, yo no tengo que ocuparme de la política», pensé. Pero, por otra parte, me di cuenta que el fenómeno israelí no era político solamente, puesto que Israel se niega a reconocer Jesús como el verdadero y el único Mesías y que, a pesar de la ruptura de la primera Alianza (Jeremías 31,31-33), Israel pretende aún tener un derecho divino sobre Palestina, bajo pretexto que la Tierra Prometida permanece a los Judíos.

Yo comprendí entonces que mientras se reconoce a Israel cualquier derecho bíblico sobre Palestina significaba traicionar a Jesús y representaba un contra testimonio a su mesianismo espiritual y universal. El problema era pues de dimensión espiritual. Era necesario el discernimiento y la sutileza para reconocer a la Bestia: «Aquí esta la sabiduría, que el inteligente calcula la cifra de la Bestia: pues es la cifra de un hombre. Su cifra es 666», dice Apocalipsis (13,18).

Todos estos pensamientos me desconcertaron mucho debido a la corriente opuesta, potente y peligrosa a la cual era necesario enfrentar. Yo comprendí entonces que tal era el secreto que Jesús debía revelarme, y que debía atraerme enemigos.

En mi corazón, yo le escuche de nuevo pidiéndome: «¿Para mi, aceptas tu?» Entonces reconfirmé mi aceptación, realizando bien, esta vez, porque «debía yo profetizar otra vez contra muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes».

Los de mi ambiente, mi propia familia, a quien yo me había abierto, se levantaron contra mí, sobre todo los que eran más cercanos a mí y los más queridos. Eso vino a confirmar la advertencia de Jesús y me hizo meditar sobre lo que había dicho a los Apóstoles: «Se tendrá para enemigos la gente de su familia» (Mateo 10,36).

Yo ignoraba que estas dificultades eran el principio de un largo combate. De hecho, el odio crecía contra mí cuando revelaba lo que el Señor me dicta en árabe el 15 de mayo de 1970: «Cuidado de mancharte las manos con la sangre del Palestino: Yo y el, somos una misma persona: Yo que soy como el, rechazado por los Israelíes».

Luego, tirando hacia El un hombre, me dijo: «Tu no ves la similitud?» Las dos caras, en efecto, se parecían perfectamente.

Entonces, yo emprendí de leer y leer de nuevo, varias veces el Apocalipsis con un nuevo interés, proveído de esta nueva luz. A medida, que yo progresaba, y a fuerza de leer, los símbolos misteriosos se aclaraban, uno tras otro.
Así, yo comprendí, entre otras cosas, no sin estupefacción, que el «nuevo nombre» de Jesús, hoy, es «Palestino»: «El vencedor… escribiré sobre el, el nombre de mi Dios… y el nombre nuevo» dijo Jesús (Apocalipsis 3,12). Todo eso al gran escándalo «de mechas gentes, nociones, lenguas y reyes», cristianos y jefes religiosos incluidos!

El domingo del Pentecostés de este mismo año, el 17 de mayo, fui invitado, por miembros palestinos de mi parroquia, a la exposición del pintor palestino Ismael Shammout. Yo acepté la invitación para dar un primer paso en el mundo palestino que yo ignoraba completamente hasta entonces. Allí, fui golpeado vivamente por un cuadro: Un fedaí (guerrero) palestino con la cara fuerte orgullosa, el pecho inflado y desnudo, los ojos ardientes de pureza y de justicia, de pie con orgullo y cólera, las manos vinculadas detrás de la espalda, la luz reflejándose sobre su cara y su pecho. Está rodeado con soldados israelíes, de pies en la sombra alrededor de él, sus armas temerosamente dirigidas contra él; y tenían una apariencia mezquina.

Todo es paradójico en este cuadro: es preso, pero victorioso; se creen triunfando, pero parecen vencidos; él juzga, y ellos condenados. Yo examiné el hombre durante largo tiempo: era la cara de Jesús que yo había visto en mi balcón que observaba con cólera hacia el Sur, amenazando Israel. Es también la misma cara que yo había visto desde hace dos días, cerca de la cara de Jesús, idéntico al suyo. Y, inmediatamente, oí la voz del Maestro:
«Y es así que es yo me puse de pies, yo también, delante del gran sacerdote cuando, desafiándome, me preguntó si yo soy de verdad el Mesías, el Hijo de Dios. Respondiéndole afirmativamente, con fuerza y certeza, como en este cuadro, se volvió rojo de cólera, con los suyos conmigo y me condenaron a muerte».

Yo, inmediatamente, quise tener detalles más amplios sobre este cuadro. El pintor me dijo: «Este hombre representa Mahmoud Hejazi, el primero de los ’fedayin‘ (guerreros) encarcelados. Es actualmente aún prisionero en Palestina en las cárceles israelitas.»

Dos años más tarde, tuve la gracia de entrevistarme con a Mahmoud que venía siendo libre. Nos abrazamos calurosamente. Eso me recordó al afectuoso abrazo del Señor cuando yo había aceptado la revelación del secreto, al precio de persecuciones.

De nuevo, el 20 de mayo de 1970, Jesús me dice:

«Sí, el Palestino es la piedra de tropiezo».

Yo estaba, hasta entonces, completamente indiferente respecto al drama palestino; pero por lo tanto mi interés se despertó y yo intente conocer mejor a este pueblo y a comprender el sentido profundo de su grito desgarrador. Así aprendí a amarle, tal como está, debido a la gran injusticia que se le hace, y que le identifica con Jesús.

Muchas otras iniciativas divinas me permitieron comprender el mensaje apocalíptico que estoy destinado a revelar hoy día. Lo que se mencionó basta a un hombre de buena voluntad que desea tener datos precisos sobre los hechos. Espero, así, poder contribuir a dar al lector a comprender la situación en sentido espiritual, como fue revelada por Jesús, y no de interpretarla políticamente, según de las visiones de los hombres y los medios de comunicación cómplices.

Así se me fue entregada la Clave del Apocalipsis. Estoy llamado hoy día a explicar este «Pequeño Libro» que quedo misterioso durante mucho tiempo. Por eso, es necesario, como ha dicho el Apocalipsis, «sabiduría y inteligencia» (13,18) para aceptar esta Revelación Divina, tan clara y tan simple. Es necesario también tener fe, amor de verdad y la justicia, así como valor para ir contra el corriente de la política pro- israelí «de muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes».

A partir de esta «Clave», se pueden por fin abrirse los «7 sellos del pequeño Libro» y comprender todo el simbolismo del Apocalipsis. El Tiempo anunciado por el Apocalipsis ha llegado, Jesús reveló el misterio con el fin de salvar a los hombres de buena fe - de toda raza y de toda religión y a los judíos mismos del hechizo de Israel.

Por fin es importante destacar dos puntos que, tarde o temprano, deben se admitidos por todos:

  1. El Apocalipsis, ese libro oscuro, no nos fue dado para seguir cerrado al entendimiento e incomprendido. Así no se vería la utilidad práctica y saludable.
  2. La interpretación de este santo pequeño Libro no puede ser una obra estrictamente humana, y no puede llegarnos, sino por el medio por el cual su simbolismo nos fue dado, a saber por revelación divina (Apocalipsis 5,1-5). Este hecho se explica más tarde.

Es por eso no deseo parecer como uno de los que ofrecen aún otra interpretación personal del Apocalipsis. Él me ha pedido ser informador y testigo fiel de una Revelación divina.

Por fin, Jesús me dijo, lo que fue dicho anteriormente al profeta Ezequiel:

«Hable y revela estas cosas a mi pueblo. Que ellos te escuchan o no te escuchan, tu, hablas» (Ezequiel 2).